Piel Cambiada

martes, agosto 21, 2007

La espina

Caminaba el califa por sus jardines, el aroma era indescriptible. Las violetas, emitían su dulce fragancia, que se confundía a lo lejos por las dulces notas del geranio y las rosas en flor. Era su rutina diaria, su paseo matutino. Escondidos tras una gruesa columna, le observaban dos dulces ojos cafés... ávidos de estudiar cada rasgo, enamorados hasta lo más profundo, de los gestos, de las dulces maneras, de las aceitunadas manos del príncipe, cuando acariciaba los pétalos de las flores.

El silencio, traía en si una música, que sólo ella entendia, la de sus pasos, la de su presencia. El también la presentía, sabía que estaba allí, escondida, agazapada, anhelando verle cada día. Y esos instantes, eran suyos, íntimos... preciosos momentos de una complicidad, que se notaba, pero que no se decía.

Él cuidaba las flores, con mucho esmero, y la niña escondida, se imaginaba que era esa rosa, la rosa amarilla, que el adoraba. Oh, como paseaba sus manos por ella, y con sus dulces y carnosos labios rojos, depositaba un beso en su cáliz. El Clavel se erguía hermoso y altanero. Las flores exóticas, alegraban el jardín, pero de todas ellas, la rosa amarilla, era su favorita.

Cuando a la noche, a la luz de la luna, el Califa no se aparecía más, salía la niña al jardín y tomaba la rosa entre sus manos pequeñas, ponía sus labios también sobre ella, para que a la mañana siguiente entregara su beso al monarca. Una de esas noches, la niña encontró en su banca, la rosa cortada, y junto a la rosa, un lazo y un pergamino. Un poema de amor... manchado por una lágrima caída... Él se había marchado... la niña apreto en su pecho la rosa, y la espina se le hundió hasta el fondo del corazón... Se le había ido su sueño... su Califa jardinero, y no le volvió a ver...


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posted by Lorena Perez at 9:11 a.m.

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